Pulgarcito

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Purgarcito era un chico que… que resulta  qu’era como el dedo pulgar de, de, de grande y resulta que tenía siete herma­nitos y los padres eran muy pobres, muy pobres, los pobrecillos eran…  pero, ¡simplemente pobres! y, y, y el padre, una noche, le dijo a la madre

– ¿Qué vamos hacer con tantos chiquillos ¡hija mía!? No vamos a tener más remedio que llevalos al bosque y que se valgan como puedan, ¡bastante lo sentimos! pero lo vamos a  tener que hacer.

Y resulta que eso lo oyó el Purgarcito, que era más listo que el hambre, y, y, ya vieron… y se fueron a dar un paseo por el bosque y… resulta que Garbancito [Pulgarcito], con muchí­simo ese, cogió unas piedrecitas, y según iba andando, andan­do, iba dejando piedrecitas cuando le parecía, por el sitio, por el camino qu’iban. Y ya se metieron mucho en el bosque y claro, ya los padres se fueron, se marcharon, y resulta que Purgarcito se quedó mirando a sus hermanos y dice

– ¡No os apurís, hermanos, no os apurís, que nos vamos a ir a casa volaos! ¡Ya verás como vamos volaos!

Y claro, cogieron el camino, iban por las piedrecitas y llega­ron a casa.

– ¡Ya estamos aquí papá! ¡Ya estamos aquí! Hemos estao muy bien por el bosque, pero ya estamos aquí.

Y claro la madre, pobrecilla, ¡pobrecilla!…

– ¡Mia que tener que abandonar a mis hijos!… ¡Con lo que yo los quiero!

Conque claro, eso pasó… y después, pues resulta que, al poco tiempo, intentaron, otra vez, de hacer lo mismo, pero Garban­cito [Pulgarcito], no encontró piedras y… ¿qué hizo?, le dieron un, un  ese de pan, un mendrugo de pan y se lo quedó en el bolsillo y no se lo comió, y según iban andando hacia el bosque, él iba dejando miguitas de pan, con el fin de luego volver. Pero claro, con tan mala suerte que, que, se lo comieron los pájaros y cuando iban ya de camino de volver, no encontraban ninguna miga ni nada y claro, el pobrecillo dice

– ¡Ay, madre mía, pues… ¿cómo vamos a ir?!

Claro, naturalmente, se perdieron en el bosque. Los hombres, anda que andarás, anda que andarás… resulta que decían los chicos

– ¡Ay Garbancito! ¡Ay Garbancito! [Pulgarcito] ¿Qué va a ser de nosotros?

Dice

– ¡Uy, nada! Ya miraremos a ver ande podemos ir!

Y ya vieron una luz a lo largo, a lo largo, y dice

– Pues vamos a ver qué hay en aquella luz.

Conque andar, venga andar, venga andar hacia la casa donde había luz, y llamaron allí y salió una señora y dice

– ¿Qué querís, hermosos míos?

– Que nos hemos perdío en el bosque y… ¿a ver hasta que amanezca, a ver qué podemos hacer?

Dice

– Pues tener cuidao, porque resulta que habís venío a un sitio muy malo, porque resulta que mi marido es un ogro que se come a los chicos crudos, así que no hay más remedio que… pero yo os esconderé como pueda.

Conque claro, preparó siete cametas y los metió allí pa’ que durmieran. Tenía siete hijas también y claro, pues llegó el ogro y dice

– ¡Ay fulana, ay que… cómo huele aquí a carne fresca… que panzá me voy a dar! ¿Qué hay aquí?

– ¡Pero no hombre! ¿Qué vas hacer? ¿Qué vas hacer? ¡Déjalo! que son unos chicos que se han perdido!

– ¿Cómo que se han perdido? ¡Si se han perdido, que no se hubieran perdido!

Conque fue, y la madre cogió unos gorritos y se los puso a sus hijas, con el fin de que, en la noche, por la noche, conocer quienes eran. Y dijo

– ¡Ten cuidao! que, que le voy a poner a las chicas los gorros y los otros no van a tener.

Garbancito [Pulgarcito] como un lince, lo estaba oyendo y… ¿qué hizo? a medianoche, se levantó y le cogió los gorritos a las chicas, se los puso a los chicos. Llegó el ogro como una fiera, y cogió una, cogió otra… y se iba comiendo a las chicas y luego salió y claro, resulta que… ese señor, como tanto comió carne humana y bebió mucha agua, medio se durmió y… tenía la barriga llena ¡a too meter! y resulta que se puso unas botas que tenía de siete leguas y se las colocó y se fue un poco alli a descansar.

Y Purgarcito, pos claro, como sabía que tenía botas de siete leguas… ¿qué hizo? Se levantó por la noche… ¡eh! y fue con mucho cuidao, le pegó un estacazo en la cabeza, y, y medio lo atontó, le quitó las botas de siete leguas, se las puso ál, y cogió a sus hermanos como pudo y claro, como cada vez que andaba, andaba siete leguas, pues seguro que llegó a su casa, colocó a sus hermanos allí tranquilamente y

– ¡Mire usté, padre, ya hemos vuelto con mucha saluz, y mire usté que botas que traigo tan lindas, que cada paso que doy, ando siete leguas!

Con que… ¡claro!, resulta que, como tenía las botas de siete leguas, pues el rey de aquello dice

– ¡Pero hombre! Pues desde luego, te voy hacer cartero real de aquí y vas a ganar un sueldo formidable, porque vas a  repartir toas las cartas del imperio.

Y… ¡claro!, como repartió toas las cartas del imperio y ganó muchísimo dinero, pues los chicos ¡claro! le dieron estu­dios, les dieron cosas y aquello subió como la espuma, gracias a las botas de siete leguas qu’el pobre Garbancito [Pulgarcito] le quitó al ogro para salvarse de ser devorado por él,

Y colorín colorado

este cuento se ha acabado.

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